Desde el silencio
La vida, qué gran hallazgo - Con Raquel Paiz

Con frecuencia, me pregunto qué hace una persona como yo, consultora de comunicación y sostenibilidad, poeta, periodista… facilitando un programa como el MBAR, para el apoyo a la recuperación de conductas adictivas, dependientes y/o compulsivas con Mindfulness. Es más, me pregunto por qué una persona como yo, además, se ha formado para el acompañamiento transpersonal en conductas dependientes…

Me pregunto, incluso, por qué alguien como yo no quiere parar en su vocación de ofrecer herramientas a las personas que, por el motivo que fuere, han establecido una relación de amor-odio, con su sustancia, con su conducta, con sus emociones…

Miren… aunque formalmente la Organización Mundial de la Salud se refiere a la adicción, como una “enfermedad física y psicoemocional que crea una dependencia o necesidad hacia una sustancia, actividad o relación, que se caracteriza por un conjunto de signos y síntomas, en los que se involucran factores biológicos, genéticos, psicológicos y sociales”; permítanme que les diga que, además, la dependencia (y da igual a qué o de qué) es una enfermedad del alma. O del corazón. O del espíritu… O como gusten llamarlo…

Cuando el deseo y la avidez por evadirse de una realidad que parece “superarme” o “superarnos”, si acaso se identifican como mi testimonio, se adueña de la libertad y de la voluntad para decidir, esta “enfermedad” que -reitero- es también una enfermedad del espíritu, la razón de la existencia parece perder sentido progresivamente.

Y como un virus que se propaga sin piedad, clemencia ni distinción social, étnica, profesional, religiosa ni económica, la adicción, compulsión y/o dependencia es una enfermedad de contagio. Sí. Han leído bien.

La dependencia, en cualquiera de sus manifestaciones, es una enfermedad de contagio… A la familia y al entorno inmediato…

Y lo que quizá empezó como un “inofensivo” gesto de diversión y desinhibición, tomando unas copas; probando “solo hoy” los efectos de la sustancia de moda; tomando solo una “onza de chocolate” para endulzar la vida; o consumiendo porno porque… “al fin y al cabo, solo me voy dar un gustito para el cuerpo”; o yéndome de compras para olvidarme de que he tenido un mal día en el trabajo; o enterrándome entre montañas de papeles y papeles en el trabajo porque es el único lugar donde no me molesta mi familia; o navegando “a la deriva” por Instagram o TikTok; encendiendo un cigarrillo porque “calma” y, además, “me ayuda a ir al baño”; o echando “unas monedillas a la tragaperras, porque la máquina está a punto de soltar”; o entregándome a cualquier relación, por insano que sea el lazo… acaba robando la libertad… entonces… sí… hay un problema.

Y, al principio, con una peligrosísima sensación de “control” y libertad, se negará. Y provocará sarcásticas risas ante quienes sugieren que “hay un problema”. Y como se impondrá el deseo de que nadie se inmiscuya en “mi vida y en mi libertad para elegir”, empezaré a consumir mi sustancia, conducta o relación, a solas; protegiéndome de la insidiosa mirada y opinión de las personas cercanas que ven cómo poco a poco destruyo mi vida. Y que, a la par, sin “comerlo ni beberlo” también pierden su libertad, ejerciendo un férreo control sobre su “familiar adicto, compulsivo y/o dependiente”, bajo la errónea creencia de que pueden salvar la vida de su persona allegada…

Y día tras día, sin apenas darse cuenta, la enfermedad, que es vil, sutil, astuta, poderosa y muy traicionera, se apodera de la vida (propia y ajena)… Y lo que empezó con un simple deseo de evasión, se convierte en un “drama”.

¿Saben?

La buena noticia es que, a diferencia de otras enfermedades, la adictiva, compulsiva y/o dependiente, por decirlo de alguna forma… tiene cura. Y no. No depende -solo- de la fuerza de voluntad. Porque no es un “vulgar vicio”…

Liberarse -o no- día a día, de esta conducta que conduce a la destrucción, requiere algunos de los recursos y herramientas que pueden adquirirse con Mindfulness, como principio de vida (y de acción).

 

Les hablo de la “sencilla” capacidad para parar; para tomar conciencia de los pensamientos, de las emociones, de los sentimientos…; para respirar… Y elegir con conciencia de la realidad presente.

No bajo el recuerdo de lo vivido o el temor a un futuro que no ha sucedido aún…

La verdadera libertad, si me lo permiten, radica en elegir desde y en el único momento que existe y que no es otro que este: el presente.

Mindfulness, como principio de vida y acción consciente,  ofrece una puerta amable para emprender y reforzar el camino de recuperación y para prevenir recaídas. Ofrece un mismo camino de libertad a las familias y a los entornos cercanos. Ofrece amplitud de miras a los/las profesionales de la salud mental, en el abordaje de la conducta compulsiva, adictiva y dependiente; que es, por cierto, una de las enfermedades con más estigma social y personal que conozco.

¿Por qué una persona como yo facilita un programa como MBAR, para el apoyo a la recuperación de conductas dependientes?

He visto a muchas personas sufrir con su(s) dependencia(s). Las he visto acabar en prisión. En centros de internamiento. Las he visto perder(se) la vida. He visto cómo familias enteras se han perdido en el drama de la dependencia y la adicción. A la par he visto también a multitud de personas emprender una vida libre, serena y consciente… He visto y reconocido la vida en esos ojos… que antes parecían a punto de estallar…

Qué gran hallazgo la vida…

Creo que el de la conciencia y la atención plena es un camino de verdadera libertad para elegir. Y no se trata de “encontrar” fórmulas mágicas que abran los grilletes, sino de entrenar el músculo de la conciencia, aprender a atender (y considerar) las señales del cuerpo; y elegir la Libertad como el único de los caminos posibles… (al menos, para mí).

Raquel Paiz

Desde el silencio

Raquel Paiz

Periodista. Comunicadora. Autora le libro "Conversaciones en la azotea" en la colección Ites de Olé Libros en 2022.

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